Wednesday, December 19, 2007

Manual para ser niño

Por Gabriel García Márquez

Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse
de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional o sentimental, si se quiere, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.

Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aun: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más allá de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.


Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar. Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor si alguien lo ayuda a descubrirlo. No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la formula magistral para una vida larga y feliz.


Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.

La vocación sin don y el don sin vocación

Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: "Toda vocación es un llamado". El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como "la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección". Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es "la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa". Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.

Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primeros tienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo, sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque no les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.

Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica y un poder de superación para toda la vida.

Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos darán sus impresiones emocionales, políticas o filosóficas, pero no sabrán contar la historia completa y en orden. Otros contaran el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca. En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.

Las ventajas de no obedecer a los padres

La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.

Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.

Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidumbre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.

Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos académicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.
Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.

No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas, y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. "Se educa de espaldas al arte", han dicho al unísono maestros y alumnos. A éstos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.

De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.

No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.
No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.

¿Con qué se comen las letras?

Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más énfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: "Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea". Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro-, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.

Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.

Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.

Monday, November 19, 2007

Amigo, Cuánto tienes, ...?


La acumulación de bienes y posesiones materiales representa para muchos nuestra primera opción de vida. “Hay que tener nuestras cosas para mantener una vida decente”, dicen los mayores. Frase prudente y acorde con una intención sana. Sin embargo, el erigir en nuestro corazón el ansia de tener cada vez más deforma esa decencia y anula tanto a la prudencia como a la salud que se busca.

Si bien es cierto que es muy válido preocuparse por la calidad de nuestro paso por este mundo, nuestra vida eterna sobrepasa cualquiera de nuestras metas primarias. Tengo la certeza que en algún punto de nuestra vida, más temprano que tarde, rendimos cuenta de nuestros actos y de las intenciones de nuestro corazón en cada uno de ellos.

Albergo la convicción plena que nuestra vida no se cualifica por el costo de nuestro auto, sino por quienes llevamos; nuestras casas no valen por sus metros cuadrados, sino por las personas que recibimos en ellas; nuestros closets no se valoran por la marcas de las ropas que guardan sino por aquellos que ayudamos a vestir. Nuestro Padre Divino se enorgullece más por la calidad de nuestro trabajo que por la alcurnia de nuestros títulos e, igualmente, Él no mira nuestro color de piel ni el estrato en que habitamos, sino la pureza de nuestro interior.

Tiene razón quien me dijo que “es mejor preocuparse por la vida eterna ya que dura para siempre”.

Sunday, August 19, 2007

LA ULTIMA VIDA DEL GATO

A Propósito de La Última Vida del Gato



Mi amigo y hermano Gustavo García es muy inteligente. Recuerdo con especial afecto una de nuestras conversaciones acerca de la esencia humana y las relaciones interpersonales en los tiempos actuales donde concluyó, en un tono muy desprevenido, algo que con el tiempo he comprobado como una verdad de a puño: ...Si sólo nos dejáramos llevar por el “a nadie le gusta que lo jodan” todo sería más humano.

Recreé la conversación al concluir la lectura de LA ÚLTIMA VIDA DEL GATO, novela o crónica novelada de Mauricio Vargas publicada por Seix Barral, sello editorial del Grupo Planeta. Un interesantísimo y bien diagramado relato acerca de algunas de las cosas ocultas e inimaginables que subyacen más allá de lo que nos informan nuestros medios masivos de comunicación. No voy a contar de qué se trata, sólo voy a limitarme a mencionar que pocas veces había encontrado una trama tan vertiginosa como conmovedora, igualmente plasmada en una puntuación tan envidiable como magistral y con un final digno de las mejores creaciones de Sir Alfred Hitchcock.

No obstante lo que acabo de decir, me niego a reservarme que considero como obligación de las facultades de periodismo del país el incluir la obra de Vargas como altamente recomendada ya que dibuja, con la credibilidad digna de su autor, la rutina del periodista comprometido con su quehacer y los círculos de violencia y corrupción de la Colombia actual. Lamento concluir diciendo que lo expresado en el primer párrafo sólo será comprendido por quienes han leído el libro.


Esta novela y alrededor de 7.000 libros más se encuentran disponibles al público en la bibloteca del Colombo Americano.




Sunday, July 08, 2007

UNA INVITACION AL CINE




En su primera obra, El Miedo a la Libertad (1941), el alemán Erick Fromm introdujo su tesis acerca de la enajenación y el aislamiento del ser humano a partir del desarrollo de los medios de comunicación y la consolidación de un concepto apenas imaginable en ese tiempo: la aldea global. Casi siete décadas después nos es imposible concebir al mundo y a la vida ajenos a los cada vez más ultra desarrollados sistemas electrónicos de comunicación.

La evocación de esa lectura vino a raíz de un filme que hace poco tuve la oportunidad de disfrutar en familia: La Historia del Camello que Llora, un documental que por estos días presenta la Cinemateca del Caribe.

Ignoro como sería un estilo de vida sin la TV, el teléfono, la internet y cada una de las herramientas que nos conectan en cuestión de segundos con cualquier lugar del mundo. Encontré un acercamiento a ello en las imágenes de una familia nómada conformada por cuatro generaciones que convive en su carpa unida en torno al trabajo y a la supervivencia en medio de las inclemencias del desierto de Gobi en el sur de Mongolia. Un mundo donde niños menores de doce años transitan solos grandes distancias en el desierto y los mayores transmiten oralmente la sabiduría heredada. La preocupación y la unión de un grupo familiar en torno a la búsqueda soluciones de problemas que en nuestra óptica resultarían insignificantes como el hecho de una camello que se rehúsa amantar a su cría.

En fin de cuentas una propuesta distinta y una estupenda oportunidad de apreciar en familia lo que los abuelos se gozaron. Una verdadera lección de convivencia y aprecio de las cosas pequeñas que son las que en esencia le dan sentido a nuestro trasegar en el mundo
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La cinemateca está ubicada en la sede de Combarranquilla de la carrera 43. Me permito sugerirte que veas esta película. Vale la pena.

Sunday, May 27, 2007

A PROPOSITO DEL HAY FESTIVAL 2007 EN CARTAGENA


Es muy fácil amar a Gales. El problema son los malditos galeses.
Gwyn A. Williams citado por Menna Elfyn en
El Ángel de la Celda



CADA CIELO TIENE SU PRECIO
A propósito de Menna Elfyn


El hechizo de remover ideas o preceptos enraizados en lo profundo de nuestras convicciones ejerce en mí un efecto bastante interesante. Me explico: Quienes me conocen saben que la poesía es una de mis mayores pasiones, mas algo que rechazo de la mísma es su dificultad de traspasar la barrera de los idiomas. Aunque mi postura inicial al respecto no ha cambiado mucho, debo reconocer, sin embargo, que me he topado con un muy interesante trabajo desde ruta bastante peculiar: galés > inglés > español.

Confienzo que abordé la lectura de El Ángel de la Celda, muy a mi pesar, contagiado del entusiasmo de mi compadre Alejandro Espinosa quien conoció de viva voz y en persona a su autora Menna Elfyn en el Hay festival de Cartagena. Sin embargo, allí reconocí una voz distinta con sonidos que se me antojaron globales y ansias fuertes de gritar al mundo la existencia de una comunidad como la de Gales con sus identidades, sus vicisitudes, sus pasiones, sus contradicciones...

Respetando las cortesías de los derechos de autor, cito a algunos versos que aún retumban en mi memoria y bien valen la pena de ser leídos en voz alta.

Peluquero

"Y la vistió con cabellos como campos de trigo
y recogió su cosecha, sus limpias gavillas a los lados de su rostro.
..."

Apodos

"Dios, he estado buscando nombres para ti,
nombres que conjuren tu presencia.
..."


Preso n° 257863

"Gracias, Reina, por el sello en el jabón..."

Tiempo de Paraíso

"El cuervo ve a sus polluelos blancos. El hombre bueno
no vio mala a su nación..."


Sin duda alguna, El Ángel de la Celda es una bonita oportunidad para conocer de un mundo distinto, para auscultar en personas de distinta geografía nuestros mismos deseos y rabias y compartir el mismo placer de gritar a los cielos y los mares nuestras más profundas angustias.

El Ángel de la Celda
Menna Elfyn
Traducción de Eli Tolaretxipi
Bassarai Ediciones

Tuesday, April 11, 2006

Recordando a un gran Hombre, les transcribo su célebre discurso.


Tengo un Sueño

Por Martin Luther King, Jr.


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Discurso leído en las gradas del Lincoln Memorial durante la histórica Marcha sobre Washington


Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.

Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de "fondos insuficientes". Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.

Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.

1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirá contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.

Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, "¿Cuándo quedarán satisfechos?"

Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que "la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente".

Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.

Regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.

Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño "americano".

Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales".

Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.

Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antesecores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad". Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.

Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Que repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ! ¡Que repique la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que repique la libertad desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Misisipí! "De cada costado de la montaña, que repique la libertad".

Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro:

"¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!"


Washington, DC 28 de agosto de 1963

English Version




I am happy to join with you today in what will go down in history as the greatest demonstration for freedom in the history of our nation.

Five score years ago, a great American, in whose symbolic shadow we stand today, signed the Emancipation Proclamation. This momentous decree came as a great beacon light of hope to millions of Negro slaves who had been seared in the flames of withering injustice. It came as a joyous daybreak to end the long night of their captivity.

But one hundred years later, the Negro still is not free. One hundred years later, the life of the Negro is still sadly crippled by the manacles of segregation and the chains of discrimination. One hundred years later, the Negro lives on a lonely island of poverty in the midst of a vast ocean of material prosperity. One hundred years later, the Negro is still languishing in the corners of American society and finds himself an exile in his own land. So we have come here today to dramatize a shameful condition.

In a sense we have come to our nation's capital to cash a check. When the architects of our republic wrote the magnificent words of the Constitution and the Declaration of Independence, they were signing a promissory note to which every American was to fall heir. This note was a promise that all men, yes, black men as well as white men, would be guaranteed the unalienable rights of life, liberty, and the pursuit of happiness.

It is obvious today that America has defaulted on this promissory note insofar as her citizens of color are concerned. Instead of honoring this sacred obligation, America has given the Negro people a bad check, a check which has come back marked "insufficient funds." But we refuse to believe that the bank of justice is bankrupt. We refuse to believe that there are insufficient funds in the great vaults of opportunity of this nation. So we have come to cash this check — a check that will give us upon demand the riches of freedom and the security of justice. We have also come to this hallowed spot to remind America of the fierce urgency of now. This is no time to engage in the luxury of cooling off or to take the tranquilizing drug of gradualism. Now is the time to make real the promises of democracy. Now is the time to rise from the dark and desolate valley of segregation to the sunlit path of racial justice. Now is the time to lift our nation from the quick sands of racial injustice to the solid rock of brotherhood. Now is the time to make justice a reality for all of God's children.

It would be fatal for the nation to overlook the urgency of the moment. This sweltering summer of the Negro's legitimate discontent will not pass until there is an invigorating autumn of freedom and equality. Nineteen sixty-three is not an end, but a beginning. Those who hope that the Negro needed to blow off steam and will now be content will have a rude awakening if the nation returns to business as usual. There will be neither rest nor tranquility in America until the Negro is granted his citizenship rights. The whirlwinds of revolt will continue to shake the foundations of our nation until the bright day of justice emerges.

But there is something that I must say to my people who stand on the warm threshold which leads into the palace of justice. In the process of gaining our rightful place we must not be guilty of wrongful deeds. Let us not seek to satisfy our thirst for freedom by drinking from the cup of bitterness and hatred.

We must forever conduct our struggle on the high plane of dignity and discipline. We must not allow our creative protest to degenerate into physical violence. Again and again we must rise to the majestic heights of meeting physical force with soul force. The marvelous new militancy which has engulfed the Negro community must not lead us to distrust of all white people, for many of our white brothers, as evidenced by their presence here today, have come to realize that their destiny is tied up with our destiny and their freedom is inextricably bound to our freedom. We cannot walk alone.

As we walk, we must make the pledge that we shall march ahead. We cannot turn back. There are those who are asking the devotees of civil rights, "When will you be satisfied?" We can never be satisfied as long as the Negro is the victim of the unspeakable horrors of police brutality. We can never be satisfied, as long as our bodies, heavy with the fatigue of travel, cannot gain lodging in the motels of the highways and the hotels of the cities. We can never be satisfied as long as a Negro in Mississippi cannot vote and a Negro in New York believes he has nothing for which to vote. No, no, we are not satisfied, and we will not be satisfied until justice rolls down like waters and righteousness like a mighty stream.

I am not unmindful that some of you have come here out of great trials and tribulations. Some of you have come fresh from narrow jail cells. Some of you have come from areas where your quest for freedom left you battered by the storms of persecution and staggered by the winds of police brutality. You have been the veterans of creative suffering. Continue to work with the faith that unearned suffering is redemptive.

Go back to Mississippi, go back to Alabama, go back to South Carolina, go back to Georgia, go back to Louisiana, go back to the slums and ghettos of our northern cities, knowing that somehow this situation can and will be changed. Let us not wallow in the valley of despair.

I say to you today, my friends, so even though we face the difficulties of today and tomorrow, I still have a dream. It is a dream deeply rooted in the American dream.

I have a dream that one day this nation will rise up and live out the true meaning of its creed: "We hold these truths to be self-evident: that all men are created equal."

I have a dream that one day on the red hills of Georgia the sons of former slaves and the sons of former slave owners will be able to sit down together at the table of brotherhood.

I have a dream that one day even the state of Mississippi, a state sweltering with the heat of injustice, sweltering with the heat of oppression, will be transformed into an oasis of freedom and justice.

I have a dream that my four little children will one day live in a nation where they will not be judged by the color of their skin but by the content of their character.

I have a dream today.

I have a dream that one day, down in Alabama, with its vicious racists, with its governor having his lips dripping with the words of interposition and nullification; one day right there in Alabama, little black boys and black girls will be able to join hands with little white boys and white girls as sisters and brothers.

I have a dream today.

I have a dream that one day every valley shall be exalted, every hill and mountain shall be made low, the rough places will be made plain, and the crooked places will be made straight, and the glory of the Lord shall be revealed, and all flesh shall see it together.

This is our hope. This is the faith that I go back to the South with. With this faith we will be able to hew out of the mountain of despair a stone of hope. With this faith we will be able to transform the jangling discords of our nation into a beautiful symphony of brotherhood. With this faith we will be able to work together, to pray together, to struggle together, to go to jail together, to stand up for freedom together, knowing that we will be free one day.

This will be the day when all of God's children will be able to sing with a new meaning, "My country, 'tis of thee, sweet land of liberty, of thee I sing. Land where my fathers died, land of the pilgrim's pride, from every mountainside, let freedom ring."

And if America is to be a great nation this must become true. So let freedom ring from the prodigious hilltops of New Hampshire. Let freedom ring from the mighty mountains of New York. Let freedom ring from the heightening Alleghenies of Pennsylvania!

Let freedom ring from the snowcapped Rockies of Colorado!

Let freedom ring from the curvaceous slopes of California!

But not only that; let freedom ring from Stone Mountain of Georgia!

Let freedom ring from Lookout Mountain of Tennessee!

Let freedom ring from every hill and molehill of Mississippi. From every mountainside, let freedom ring.

And when this happens, When we allow freedom to ring, when we let it ring from every village and every hamlet, from every state and every city, we will be able to speed up that day when all of God's children, black men and white men, Jews and Gentiles, Protestants and Catholics, will be able to join hands and sing in the words of the old Negro spiritual, "Free at last! free at last! thank God Almighty, we are free at last!"



Tuesday, January 24, 2006

Sobre las Utopías en los Modelos de Formación Pragmáticos


La interminable discusión sobre los dos modelos de comportamiento social que, tal vez, acaparan la mayoría de los espacios educativos se relaciona primordialmente con la elaboración de un perfil pragmático que responda a las necesidades permanentes de cambio y a los requerimientos de competitividad que a diario enfrentamos.


Cada vez más es recurrente la negación de la necesidad de utopías o de los famosos idealismos que en muchos de los casos se consideran sólo una pérdida de tiempo y, en algunos casos, un absurdo en estos tiempos de una sociedad cada vez más globalizada.


Una muestra palpable en nuestros programas educativos se percibe en la abundancia de entrenamiento mecánico, lógico-matemático, contable y cibernético que eclipsa cada vez más la formación artística (lenguaje, música, danza, filosofía…). Cada vez es más recurrente la promoción de individuos altamente especializados en disciplinas y habilidades técnicas, muy necesarias en verdad, pero es un gran paso hacia el abismo el ignorar la importancia de los aspectos humanísticos en la formación de los hombres y mujeres del futuro.


Las utopías, por muy quijotescas que parezcan, son importantísimos motores de cambio y progreso. Los realistas o pragmáticos nunca transforman a la humanidad porque cambian continuamente sus posiciones. La utopía termina cuando se impone el pensamiento único. El utopista quiere construir una sociedad perfecta, una república ideal y feliz. Los Don Quijotes son unos altruistas que ofrecen sus esfuerzos para combatir las injusticias y no luchan por un modelo liberal: quieren un mundo diferente. Creen que otro mundo es posible, pero no tienen un programa ni se lo quieren imponer a nadie: Esa es la generosidad de Don Quijote.


Sean estas líneas un brindis por la creación permanente de utopías en los ámbitos de nuestro quehacer docente. Los quijotes somos necesarios para el mundo, porque la educación humanística es necesaria.


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En Marzo del 2001, A propósito de los nuevos retos de la educación del futuro, la Universidad de La Plata me honró con la publicación del siguiente escrito. Quiero compartirlo con Ustedes a quienes lo dedico con mi mayor afecto.


Nuestra Educación ante los Paradigmas Foráneos

Por Juan Pacheco Fuentes


Si careciéramos de espejos o lagos que nos retornaran nuestras imágenes, muy probablemente los rasgos de nuestras narices, el color de nuestros ojos, el tono de nuestras mejillas o el brillo de nuestros dientes sólo habitarían los espacios de nuestra imaginación. El experimentar la existencia en la manera en que lo hacemos los seres humanos implica a diario profesar bellas e inexplicables contradicciones, dicotomías sin aparentes razones de ser y comportamientos individuales y sociales determinados por azarosas leyes.


A pesar de la unidad de la especie humana, resulta interesante indagar el porqué de nuestras reacciones como hombres y mujeres latinoamericanos con ascendencia africana, muy distintas a la de nuestros congéneres de otras coordenadas del orbe, hacia estímulos como el calor de nuestros trópicos, la música de percusión, el contacto interpersonal cálido y espontáneo o hacia estímulos como los de nuestros mares y montañas eternamente infinitos que nos contagian sentimientos de libertad y al mismo tiempo arraigo familiar y una ciega convicción en nuestras creencias.

Estos actos y otros aparentemente irrelevantes como el bailar, el vestir de acuerdo a patrones establecidos por la sociedad en que nos desenvolvemos, nuestros hábitos alimenticios, nuestra forma de desplazarnos en nuestros hábitats, nuestra manera de aprender, nuestro humor, ... nuestra manera de amar, todos y cada uno de nuestros actos de vida están enmarcados en patrones de vida relativos que algunos estudiosos han abstraído y denominado paradigmas.


Gracias a los paradigmas los seres humanos hacemos viable la convivencia a niveles de masa. El solo hecho de compartir un paradigma universal (el lenguaje) o un paradigma de comportamiento social (la idiosincrasia) nos permiten la interacción con nuestros congéneres. El acceder a códigos globales como las matemáticas, a medios universales como las autopistas de comunicación global, por mencionar sólo unos pocos ejemplos, nos encausan a la transmisión y aprehensión del conocimiento y nos permiten convertir la dicotomía individuo-sociedad en una simbiosis.

Como todos los actos humanos estos sistemas axiomáticos, a pesar de representar una condición abstracta de la naturaleza, toman de ella su principal alimento: la vida. Al igual que los organismos los paradigmas nacen, crecen, se esparcen y finalmente dan vida, a partir de sus contradicciones, a nuevos paradigmas. Esto lo percibimos claramente en el desarrollo cada vez más vertiginoso de las ciencias donde la velocidad del cambio hace muy difícil predecir el futuro a largo plazo. Según estadísticas de la World Future Society, el telégrafo demoró 56 años en llegar a 10 millones de familias. El teléfono tardó 38 años. La televisión, 30. La televisión por cable, 20. El computador, 7 y el teléfono celular, 5. El sistema de Internet ha tardado apenas 4 años en cubrir el mismo número de hogares.


No se requiere mucho ejercicio mental para apreciar la importancia de estos inmensos icebergs monolíticos del comportamiento mundial que han convertido a nuestro planeta en una aldea. Es muy posible captar paradigmas universales como el modo de vestir a la usanza occidental, los sistemas económicos, la práctica de la medicina y en los modelos educativos.


Desafortunadamente, por el hecho de revestir la esencia de la naturaleza, donde impera la ley del más fuerte, los paradigmas aseguran su prevalencia partir del poderío de la cuna donde se gestan. Hoy en día somos testigos como los David del campo de la informática luchan en desigualdad de condiciones contra los emporios del poder como el de la Microsoft. La mayoría de las naciones europeas se vieron obligadas a concertar una estrategia de bloque para no sucumbir ante el embate de economías como la de los Estados Unidos o las del bloque asiático. En las artes, los estilos en boga siempre han reflejado el pensar de sociedades económicamente fuertes. Y la educación no es la exepción.


Nuestros modelos educativos mimetizan sus directrices atendiendo paradigmas foráneos que en la mayoría de los casos anulan nuestras virtudes como grupos humanos específicos. Al identificarnos como grupos sociales económicamente eunucos, doblamos nuestra cerviz ante dictadores comoel Banco Mundial quien condiciona su "ayuda" con manuales de instrucciones para que nuestros líderes dirijan nuestro convivir.


Gracias a la presión de los paradigmas externos hemos perdido muchas de nuestras etnias, costumbres y mitos. Hemos cedido sus puestos a enlatados foráneos que el comercio y los medios de comunicación internacionales nos han impuesto.


Nuestros indígenas son obligados a diario a engrosar los anillos de miseria de nuestras sociedades donde su idioma, sus creencias e identidades se extinguen.


El Halloween, Santa Claus, la manera de cortarnos el cabello, los juguetes inspirados en la producción de Hollywood que malean los espíritus de nuestros niños, las bebidas alcohólicas que consumimos, la música que a diario escuchamos o bailamos, los programas televisivos que nos alienan de manera impávida, la chatarra y la pornografía on line disponible ya en nuestros hogares, el cereal que desayunamos, e incluso la manera de besar y copular que asimilamos de las películas extranjeras han desplazado ciertamente a paradigmas propios que en recientes épocas nos mostraban como grupos socialmente auténticos.


Ante este panorama la educación, y en especial quienes intentamos liderarla, debemos accionar las señales de alerta. Emprendamos luchas por gestar y desarrollar paradigmas que nos dignifiquen y nos potencien como grupos sociales auténticos en lugar de continuar con luchas tan carentes de sentido como la lucha por los asientos en el hundimiento del Titanic.


Motivemos, como actores del proceso educativo, el nacimiento y el respeto de nuevas ideas encausando la crítica al decantamiento de las propuestas, enmarcando nuestro quehacer en estrategias dialógicas. Así, seguramente gestaremos paradigmas que nos permitan apreciar virtudes, tan obvias pero desapercibidas como nuestras narices, que nos permitirán ser más felices y libres.


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