Monday, November 19, 2007

Amigo, Cuánto tienes, ...?


La acumulación de bienes y posesiones materiales representa para muchos nuestra primera opción de vida. “Hay que tener nuestras cosas para mantener una vida decente”, dicen los mayores. Frase prudente y acorde con una intención sana. Sin embargo, el erigir en nuestro corazón el ansia de tener cada vez más deforma esa decencia y anula tanto a la prudencia como a la salud que se busca.

Si bien es cierto que es muy válido preocuparse por la calidad de nuestro paso por este mundo, nuestra vida eterna sobrepasa cualquiera de nuestras metas primarias. Tengo la certeza que en algún punto de nuestra vida, más temprano que tarde, rendimos cuenta de nuestros actos y de las intenciones de nuestro corazón en cada uno de ellos.

Albergo la convicción plena que nuestra vida no se cualifica por el costo de nuestro auto, sino por quienes llevamos; nuestras casas no valen por sus metros cuadrados, sino por las personas que recibimos en ellas; nuestros closets no se valoran por la marcas de las ropas que guardan sino por aquellos que ayudamos a vestir. Nuestro Padre Divino se enorgullece más por la calidad de nuestro trabajo que por la alcurnia de nuestros títulos e, igualmente, Él no mira nuestro color de piel ni el estrato en que habitamos, sino la pureza de nuestro interior.

Tiene razón quien me dijo que “es mejor preocuparse por la vida eterna ya que dura para siempre”.

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