Tuesday, January 24, 2006

En Marzo del 2001, A propósito de los nuevos retos de la educación del futuro, la Universidad de La Plata me honró con la publicación del siguiente escrito. Quiero compartirlo con Ustedes a quienes lo dedico con mi mayor afecto.


Nuestra Educación ante los Paradigmas Foráneos

Por Juan Pacheco Fuentes


Si careciéramos de espejos o lagos que nos retornaran nuestras imágenes, muy probablemente los rasgos de nuestras narices, el color de nuestros ojos, el tono de nuestras mejillas o el brillo de nuestros dientes sólo habitarían los espacios de nuestra imaginación. El experimentar la existencia en la manera en que lo hacemos los seres humanos implica a diario profesar bellas e inexplicables contradicciones, dicotomías sin aparentes razones de ser y comportamientos individuales y sociales determinados por azarosas leyes.


A pesar de la unidad de la especie humana, resulta interesante indagar el porqué de nuestras reacciones como hombres y mujeres latinoamericanos con ascendencia africana, muy distintas a la de nuestros congéneres de otras coordenadas del orbe, hacia estímulos como el calor de nuestros trópicos, la música de percusión, el contacto interpersonal cálido y espontáneo o hacia estímulos como los de nuestros mares y montañas eternamente infinitos que nos contagian sentimientos de libertad y al mismo tiempo arraigo familiar y una ciega convicción en nuestras creencias.

Estos actos y otros aparentemente irrelevantes como el bailar, el vestir de acuerdo a patrones establecidos por la sociedad en que nos desenvolvemos, nuestros hábitos alimenticios, nuestra forma de desplazarnos en nuestros hábitats, nuestra manera de aprender, nuestro humor, ... nuestra manera de amar, todos y cada uno de nuestros actos de vida están enmarcados en patrones de vida relativos que algunos estudiosos han abstraído y denominado paradigmas.


Gracias a los paradigmas los seres humanos hacemos viable la convivencia a niveles de masa. El solo hecho de compartir un paradigma universal (el lenguaje) o un paradigma de comportamiento social (la idiosincrasia) nos permiten la interacción con nuestros congéneres. El acceder a códigos globales como las matemáticas, a medios universales como las autopistas de comunicación global, por mencionar sólo unos pocos ejemplos, nos encausan a la transmisión y aprehensión del conocimiento y nos permiten convertir la dicotomía individuo-sociedad en una simbiosis.

Como todos los actos humanos estos sistemas axiomáticos, a pesar de representar una condición abstracta de la naturaleza, toman de ella su principal alimento: la vida. Al igual que los organismos los paradigmas nacen, crecen, se esparcen y finalmente dan vida, a partir de sus contradicciones, a nuevos paradigmas. Esto lo percibimos claramente en el desarrollo cada vez más vertiginoso de las ciencias donde la velocidad del cambio hace muy difícil predecir el futuro a largo plazo. Según estadísticas de la World Future Society, el telégrafo demoró 56 años en llegar a 10 millones de familias. El teléfono tardó 38 años. La televisión, 30. La televisión por cable, 20. El computador, 7 y el teléfono celular, 5. El sistema de Internet ha tardado apenas 4 años en cubrir el mismo número de hogares.


No se requiere mucho ejercicio mental para apreciar la importancia de estos inmensos icebergs monolíticos del comportamiento mundial que han convertido a nuestro planeta en una aldea. Es muy posible captar paradigmas universales como el modo de vestir a la usanza occidental, los sistemas económicos, la práctica de la medicina y en los modelos educativos.


Desafortunadamente, por el hecho de revestir la esencia de la naturaleza, donde impera la ley del más fuerte, los paradigmas aseguran su prevalencia partir del poderío de la cuna donde se gestan. Hoy en día somos testigos como los David del campo de la informática luchan en desigualdad de condiciones contra los emporios del poder como el de la Microsoft. La mayoría de las naciones europeas se vieron obligadas a concertar una estrategia de bloque para no sucumbir ante el embate de economías como la de los Estados Unidos o las del bloque asiático. En las artes, los estilos en boga siempre han reflejado el pensar de sociedades económicamente fuertes. Y la educación no es la exepción.


Nuestros modelos educativos mimetizan sus directrices atendiendo paradigmas foráneos que en la mayoría de los casos anulan nuestras virtudes como grupos humanos específicos. Al identificarnos como grupos sociales económicamente eunucos, doblamos nuestra cerviz ante dictadores comoel Banco Mundial quien condiciona su "ayuda" con manuales de instrucciones para que nuestros líderes dirijan nuestro convivir.


Gracias a la presión de los paradigmas externos hemos perdido muchas de nuestras etnias, costumbres y mitos. Hemos cedido sus puestos a enlatados foráneos que el comercio y los medios de comunicación internacionales nos han impuesto.


Nuestros indígenas son obligados a diario a engrosar los anillos de miseria de nuestras sociedades donde su idioma, sus creencias e identidades se extinguen.


El Halloween, Santa Claus, la manera de cortarnos el cabello, los juguetes inspirados en la producción de Hollywood que malean los espíritus de nuestros niños, las bebidas alcohólicas que consumimos, la música que a diario escuchamos o bailamos, los programas televisivos que nos alienan de manera impávida, la chatarra y la pornografía on line disponible ya en nuestros hogares, el cereal que desayunamos, e incluso la manera de besar y copular que asimilamos de las películas extranjeras han desplazado ciertamente a paradigmas propios que en recientes épocas nos mostraban como grupos socialmente auténticos.


Ante este panorama la educación, y en especial quienes intentamos liderarla, debemos accionar las señales de alerta. Emprendamos luchas por gestar y desarrollar paradigmas que nos dignifiquen y nos potencien como grupos sociales auténticos en lugar de continuar con luchas tan carentes de sentido como la lucha por los asientos en el hundimiento del Titanic.


Motivemos, como actores del proceso educativo, el nacimiento y el respeto de nuevas ideas encausando la crítica al decantamiento de las propuestas, enmarcando nuestro quehacer en estrategias dialógicas. Así, seguramente gestaremos paradigmas que nos permitan apreciar virtudes, tan obvias pero desapercibidas como nuestras narices, que nos permitirán ser más felices y libres.


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