De Príncipe a Mendigo
A continuación les contaré una historia que parece de ficción pero es cierta: Príncipe, el perro de un amigo a quien las vueltas del destino le cambiaron la vida.
Corría el año 93. Alberto quien se desempeñaba como gerente de una pequeña empresa, estaba inquieto debido a que había conseguido un traslado hacia Bogotá, la capital. Todos sus sueños se centraban en gran ciudad debido a que la empresa lo mandaba como pionero en una sucursal allí.
Todos los arreglos se estaban concluyendo. El traslado de la familia, el colegio de los niños, el apartamento en estrato seis donde pensaba vivir, etc.
Alberto conocía a Bogotá, desde siempre la nevera le hacía cosquillas. Era un lugar agradable para vivir, pensaba. No es que le disgustara el calor de Barranquilla, sino que también le atraía el frío de la ciudad capital.
Todo estaba dispuesto para el viaje: tiquetes, traslado, hasta la pequeña miscelánea que mantenía en la casa la había vendido a buen precio a unos amigos que le hicieron el favor de desencartarlo de la misma, pero se olvidaba de algo: de Príncipe, su perro amigo.
Príncipe contaba con una serie de privilegios que cualquier perro envidiaría. No era de alguna prestigiosa raza. Su último dueño decía “basto, enrazado con callejero”, pero era el consentido de la casa.
De cachorro tomaba leche S26 (en ese tiempo la más costosa), la comida era carne de primera y cuando creció le consiguieron una perra con lo cual lo casaron. Como diría alguien: “eso no era vida, era un vidón lo que tenía Príncipe.
Como Alberto tenía una miscelánea, Príncipe era el guardián ya que era muy bravo. Solamente obedecía a Alberto y a José, el asistente de Alberto. Esta cualidad que le merecía todos los privilegios se convirtió en gran desventaja en el momento del viaje ya que no podía darlo a alguien distinto de José.
Bueno fin de la historia. José se quedó como dueño de Príncipe y aquí comenzó el calvario de Príncipe. José era el mensajero de la empresa en donde laboraba Alberto y gran amigo de este. Los fines de semana José pasaba donde Alberto haciéndole arreglos a la casa lo que lo convirtió también en amigo del perro. Lo que único era que José vivía en estrato menos uno, en el populoso barrio El Bosque, cerca de la carretera llamada La Cordialidad.
Bueno Alberto se fue para Bogotá y José heredó a Príncipe. El perro se mudó para su otra casa, muy contento, esperando seguir viviendo el vidón que llevaba… pero…
Cuando Príncipe llegó a la casa supo que debía dejar el mal genio ya que no sabía como eran sus nuevos amos y esperaba caerles bien. Empezó a hacer una inspección de la casa y encontró un cuarto. Este debe ser el mío, pensó… y se fue acostando en la cama como solía hacerlo en donde Alberto. Cuando estaba conciliando el sueño sintió un fuerte golpe en la cabeza, era José a quien no le agradaba ver al perro durmiendo en la cama de sus hijas.
Príncipe no tuvo más remedio que irse para el patio. Muy pronto se llenó de garrapatas. “Bueno, dijo Príncipe, espero que al menos la comida sea buena y valga la pena el cambio”… mala noticia para Príncipe, usualmente el almuerzo en la casa de José era de sopa de hueso y del blanco que no tenía ni pizca de carne y de paso ya estaba ruyido por las personas. Esto hizo que el perro empezara a perder peso. Como el hambre que hace valiente a cualquiera, Príncipe decidió salir a la calle a buscar comida. “Lo que se me atraviese, se dijo, me lo como”. Príncipe no contaba con una fuerte competencia por las pequeñas sobras del barrio y, como no estaba acostumbrado a la pelea callejera, resultó el primer día más mordido que los huesos que le echaban para comer.
Pronto Príncipe se ganó el respeto de los perros de la cuadra quienes ya lo empezaban a ver como un amigo. Cuando no encontraba sobras en la cuadra, Príncipe se iba para la tienda a esperar a que el dueño se descuidara y robarle un pan o lo que estuviera a mano. Una vez cumplida la tarea se daba a la fuga lo cual le sumó puntos en su pequeña banda que ya había formado.
Se diría que todo mejoraba para Príncipe. Ya comía más o menos bien producto de las peleas callejeras o del robo. En cuanto a las relaciones con otras perras, tenía que pelearse el amor de su perra querida a punta de dientes.
Una vez Alberto visitó Barranquilla y decidió visitar a Príncipe. Qué triste se sintió al descubrir que su otrora amigo no era el mismo perro de algunos meses atrás. De aquel perro simpático y gordo no quedaba nada. Cuando Príncipe lo vio se le tiró encima. ¡Casi habló el perro para pedirle que se lo llevara de ahí!
Pero nada, todo fue infructuoso para Príncipe quien pensaba que eso era un sueño y que Alberto vendría a buscarlo algún día.
Con la decepción a cuestas al aceptar que todo lo había perdido, Príncipe se puso a meditar y se dijo, “para vivir así, mejor es no vivir” y tomó la fatal decisión y en un último esfuerzo corrió hacia la Carretera de la Cordialidad. Un camión de carga fue su verdugo.
Corría el año 93. Alberto quien se desempeñaba como gerente de una pequeña empresa, estaba inquieto debido a que había conseguido un traslado hacia Bogotá, la capital. Todos sus sueños se centraban en gran ciudad debido a que la empresa lo mandaba como pionero en una sucursal allí.
Todos los arreglos se estaban concluyendo. El traslado de la familia, el colegio de los niños, el apartamento en estrato seis donde pensaba vivir, etc.
Alberto conocía a Bogotá, desde siempre la nevera le hacía cosquillas. Era un lugar agradable para vivir, pensaba. No es que le disgustara el calor de Barranquilla, sino que también le atraía el frío de la ciudad capital.
Todo estaba dispuesto para el viaje: tiquetes, traslado, hasta la pequeña miscelánea que mantenía en la casa la había vendido a buen precio a unos amigos que le hicieron el favor de desencartarlo de la misma, pero se olvidaba de algo: de Príncipe, su perro amigo.
Príncipe contaba con una serie de privilegios que cualquier perro envidiaría. No era de alguna prestigiosa raza. Su último dueño decía “basto, enrazado con callejero”, pero era el consentido de la casa.
De cachorro tomaba leche S26 (en ese tiempo la más costosa), la comida era carne de primera y cuando creció le consiguieron una perra con lo cual lo casaron. Como diría alguien: “eso no era vida, era un vidón lo que tenía Príncipe.
Como Alberto tenía una miscelánea, Príncipe era el guardián ya que era muy bravo. Solamente obedecía a Alberto y a José, el asistente de Alberto. Esta cualidad que le merecía todos los privilegios se convirtió en gran desventaja en el momento del viaje ya que no podía darlo a alguien distinto de José.
Bueno fin de la historia. José se quedó como dueño de Príncipe y aquí comenzó el calvario de Príncipe. José era el mensajero de la empresa en donde laboraba Alberto y gran amigo de este. Los fines de semana José pasaba donde Alberto haciéndole arreglos a la casa lo que lo convirtió también en amigo del perro. Lo que único era que José vivía en estrato menos uno, en el populoso barrio El Bosque, cerca de la carretera llamada La Cordialidad.
Bueno Alberto se fue para Bogotá y José heredó a Príncipe. El perro se mudó para su otra casa, muy contento, esperando seguir viviendo el vidón que llevaba… pero…
Cuando Príncipe llegó a la casa supo que debía dejar el mal genio ya que no sabía como eran sus nuevos amos y esperaba caerles bien. Empezó a hacer una inspección de la casa y encontró un cuarto. Este debe ser el mío, pensó… y se fue acostando en la cama como solía hacerlo en donde Alberto. Cuando estaba conciliando el sueño sintió un fuerte golpe en la cabeza, era José a quien no le agradaba ver al perro durmiendo en la cama de sus hijas.
Príncipe no tuvo más remedio que irse para el patio. Muy pronto se llenó de garrapatas. “Bueno, dijo Príncipe, espero que al menos la comida sea buena y valga la pena el cambio”… mala noticia para Príncipe, usualmente el almuerzo en la casa de José era de sopa de hueso y del blanco que no tenía ni pizca de carne y de paso ya estaba ruyido por las personas. Esto hizo que el perro empezara a perder peso. Como el hambre que hace valiente a cualquiera, Príncipe decidió salir a la calle a buscar comida. “Lo que se me atraviese, se dijo, me lo como”. Príncipe no contaba con una fuerte competencia por las pequeñas sobras del barrio y, como no estaba acostumbrado a la pelea callejera, resultó el primer día más mordido que los huesos que le echaban para comer.
Pronto Príncipe se ganó el respeto de los perros de la cuadra quienes ya lo empezaban a ver como un amigo. Cuando no encontraba sobras en la cuadra, Príncipe se iba para la tienda a esperar a que el dueño se descuidara y robarle un pan o lo que estuviera a mano. Una vez cumplida la tarea se daba a la fuga lo cual le sumó puntos en su pequeña banda que ya había formado.
Se diría que todo mejoraba para Príncipe. Ya comía más o menos bien producto de las peleas callejeras o del robo. En cuanto a las relaciones con otras perras, tenía que pelearse el amor de su perra querida a punta de dientes.
Una vez Alberto visitó Barranquilla y decidió visitar a Príncipe. Qué triste se sintió al descubrir que su otrora amigo no era el mismo perro de algunos meses atrás. De aquel perro simpático y gordo no quedaba nada. Cuando Príncipe lo vio se le tiró encima. ¡Casi habló el perro para pedirle que se lo llevara de ahí!
Pero nada, todo fue infructuoso para Príncipe quien pensaba que eso era un sueño y que Alberto vendría a buscarlo algún día.
Con la decepción a cuestas al aceptar que todo lo había perdido, Príncipe se puso a meditar y se dijo, “para vivir así, mejor es no vivir” y tomó la fatal decisión y en un último esfuerzo corrió hacia la Carretera de la Cordialidad. Un camión de carga fue su verdugo.
1 comment:
teacher.. this is a tragic story.. i'm sorry for principe, but in the real life sometimes these things happen even with people, but the life is beautiful, and we have to look at his sweet side.
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