Tuesday, April 11, 2006

Recordando a un gran Hombre, les transcribo su célebre discurso.


Tengo un Sueño

Por Martin Luther King, Jr.


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Discurso leído en las gradas del Lincoln Memorial durante la histórica Marcha sobre Washington


Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.

Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de "fondos insuficientes". Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.

Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.

1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirá contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.

Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, "¿Cuándo quedarán satisfechos?"

Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que "la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente".

Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.

Regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.

Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño "americano".

Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales".

Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.

Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antesecores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad". Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.

Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Que repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ! ¡Que repique la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que repique la libertad desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Misisipí! "De cada costado de la montaña, que repique la libertad".

Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro:

"¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!"


Washington, DC 28 de agosto de 1963

English Version




I am happy to join with you today in what will go down in history as the greatest demonstration for freedom in the history of our nation.

Five score years ago, a great American, in whose symbolic shadow we stand today, signed the Emancipation Proclamation. This momentous decree came as a great beacon light of hope to millions of Negro slaves who had been seared in the flames of withering injustice. It came as a joyous daybreak to end the long night of their captivity.

But one hundred years later, the Negro still is not free. One hundred years later, the life of the Negro is still sadly crippled by the manacles of segregation and the chains of discrimination. One hundred years later, the Negro lives on a lonely island of poverty in the midst of a vast ocean of material prosperity. One hundred years later, the Negro is still languishing in the corners of American society and finds himself an exile in his own land. So we have come here today to dramatize a shameful condition.

In a sense we have come to our nation's capital to cash a check. When the architects of our republic wrote the magnificent words of the Constitution and the Declaration of Independence, they were signing a promissory note to which every American was to fall heir. This note was a promise that all men, yes, black men as well as white men, would be guaranteed the unalienable rights of life, liberty, and the pursuit of happiness.

It is obvious today that America has defaulted on this promissory note insofar as her citizens of color are concerned. Instead of honoring this sacred obligation, America has given the Negro people a bad check, a check which has come back marked "insufficient funds." But we refuse to believe that the bank of justice is bankrupt. We refuse to believe that there are insufficient funds in the great vaults of opportunity of this nation. So we have come to cash this check — a check that will give us upon demand the riches of freedom and the security of justice. We have also come to this hallowed spot to remind America of the fierce urgency of now. This is no time to engage in the luxury of cooling off or to take the tranquilizing drug of gradualism. Now is the time to make real the promises of democracy. Now is the time to rise from the dark and desolate valley of segregation to the sunlit path of racial justice. Now is the time to lift our nation from the quick sands of racial injustice to the solid rock of brotherhood. Now is the time to make justice a reality for all of God's children.

It would be fatal for the nation to overlook the urgency of the moment. This sweltering summer of the Negro's legitimate discontent will not pass until there is an invigorating autumn of freedom and equality. Nineteen sixty-three is not an end, but a beginning. Those who hope that the Negro needed to blow off steam and will now be content will have a rude awakening if the nation returns to business as usual. There will be neither rest nor tranquility in America until the Negro is granted his citizenship rights. The whirlwinds of revolt will continue to shake the foundations of our nation until the bright day of justice emerges.

But there is something that I must say to my people who stand on the warm threshold which leads into the palace of justice. In the process of gaining our rightful place we must not be guilty of wrongful deeds. Let us not seek to satisfy our thirst for freedom by drinking from the cup of bitterness and hatred.

We must forever conduct our struggle on the high plane of dignity and discipline. We must not allow our creative protest to degenerate into physical violence. Again and again we must rise to the majestic heights of meeting physical force with soul force. The marvelous new militancy which has engulfed the Negro community must not lead us to distrust of all white people, for many of our white brothers, as evidenced by their presence here today, have come to realize that their destiny is tied up with our destiny and their freedom is inextricably bound to our freedom. We cannot walk alone.

As we walk, we must make the pledge that we shall march ahead. We cannot turn back. There are those who are asking the devotees of civil rights, "When will you be satisfied?" We can never be satisfied as long as the Negro is the victim of the unspeakable horrors of police brutality. We can never be satisfied, as long as our bodies, heavy with the fatigue of travel, cannot gain lodging in the motels of the highways and the hotels of the cities. We can never be satisfied as long as a Negro in Mississippi cannot vote and a Negro in New York believes he has nothing for which to vote. No, no, we are not satisfied, and we will not be satisfied until justice rolls down like waters and righteousness like a mighty stream.

I am not unmindful that some of you have come here out of great trials and tribulations. Some of you have come fresh from narrow jail cells. Some of you have come from areas where your quest for freedom left you battered by the storms of persecution and staggered by the winds of police brutality. You have been the veterans of creative suffering. Continue to work with the faith that unearned suffering is redemptive.

Go back to Mississippi, go back to Alabama, go back to South Carolina, go back to Georgia, go back to Louisiana, go back to the slums and ghettos of our northern cities, knowing that somehow this situation can and will be changed. Let us not wallow in the valley of despair.

I say to you today, my friends, so even though we face the difficulties of today and tomorrow, I still have a dream. It is a dream deeply rooted in the American dream.

I have a dream that one day this nation will rise up and live out the true meaning of its creed: "We hold these truths to be self-evident: that all men are created equal."

I have a dream that one day on the red hills of Georgia the sons of former slaves and the sons of former slave owners will be able to sit down together at the table of brotherhood.

I have a dream that one day even the state of Mississippi, a state sweltering with the heat of injustice, sweltering with the heat of oppression, will be transformed into an oasis of freedom and justice.

I have a dream that my four little children will one day live in a nation where they will not be judged by the color of their skin but by the content of their character.

I have a dream today.

I have a dream that one day, down in Alabama, with its vicious racists, with its governor having his lips dripping with the words of interposition and nullification; one day right there in Alabama, little black boys and black girls will be able to join hands with little white boys and white girls as sisters and brothers.

I have a dream today.

I have a dream that one day every valley shall be exalted, every hill and mountain shall be made low, the rough places will be made plain, and the crooked places will be made straight, and the glory of the Lord shall be revealed, and all flesh shall see it together.

This is our hope. This is the faith that I go back to the South with. With this faith we will be able to hew out of the mountain of despair a stone of hope. With this faith we will be able to transform the jangling discords of our nation into a beautiful symphony of brotherhood. With this faith we will be able to work together, to pray together, to struggle together, to go to jail together, to stand up for freedom together, knowing that we will be free one day.

This will be the day when all of God's children will be able to sing with a new meaning, "My country, 'tis of thee, sweet land of liberty, of thee I sing. Land where my fathers died, land of the pilgrim's pride, from every mountainside, let freedom ring."

And if America is to be a great nation this must become true. So let freedom ring from the prodigious hilltops of New Hampshire. Let freedom ring from the mighty mountains of New York. Let freedom ring from the heightening Alleghenies of Pennsylvania!

Let freedom ring from the snowcapped Rockies of Colorado!

Let freedom ring from the curvaceous slopes of California!

But not only that; let freedom ring from Stone Mountain of Georgia!

Let freedom ring from Lookout Mountain of Tennessee!

Let freedom ring from every hill and molehill of Mississippi. From every mountainside, let freedom ring.

And when this happens, When we allow freedom to ring, when we let it ring from every village and every hamlet, from every state and every city, we will be able to speed up that day when all of God's children, black men and white men, Jews and Gentiles, Protestants and Catholics, will be able to join hands and sing in the words of the old Negro spiritual, "Free at last! free at last! thank God Almighty, we are free at last!"



Tuesday, January 24, 2006

Sobre las Utopías en los Modelos de Formación Pragmáticos


La interminable discusión sobre los dos modelos de comportamiento social que, tal vez, acaparan la mayoría de los espacios educativos se relaciona primordialmente con la elaboración de un perfil pragmático que responda a las necesidades permanentes de cambio y a los requerimientos de competitividad que a diario enfrentamos.


Cada vez más es recurrente la negación de la necesidad de utopías o de los famosos idealismos que en muchos de los casos se consideran sólo una pérdida de tiempo y, en algunos casos, un absurdo en estos tiempos de una sociedad cada vez más globalizada.


Una muestra palpable en nuestros programas educativos se percibe en la abundancia de entrenamiento mecánico, lógico-matemático, contable y cibernético que eclipsa cada vez más la formación artística (lenguaje, música, danza, filosofía…). Cada vez es más recurrente la promoción de individuos altamente especializados en disciplinas y habilidades técnicas, muy necesarias en verdad, pero es un gran paso hacia el abismo el ignorar la importancia de los aspectos humanísticos en la formación de los hombres y mujeres del futuro.


Las utopías, por muy quijotescas que parezcan, son importantísimos motores de cambio y progreso. Los realistas o pragmáticos nunca transforman a la humanidad porque cambian continuamente sus posiciones. La utopía termina cuando se impone el pensamiento único. El utopista quiere construir una sociedad perfecta, una república ideal y feliz. Los Don Quijotes son unos altruistas que ofrecen sus esfuerzos para combatir las injusticias y no luchan por un modelo liberal: quieren un mundo diferente. Creen que otro mundo es posible, pero no tienen un programa ni se lo quieren imponer a nadie: Esa es la generosidad de Don Quijote.


Sean estas líneas un brindis por la creación permanente de utopías en los ámbitos de nuestro quehacer docente. Los quijotes somos necesarios para el mundo, porque la educación humanística es necesaria.


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En Marzo del 2001, A propósito de los nuevos retos de la educación del futuro, la Universidad de La Plata me honró con la publicación del siguiente escrito. Quiero compartirlo con Ustedes a quienes lo dedico con mi mayor afecto.


Nuestra Educación ante los Paradigmas Foráneos

Por Juan Pacheco Fuentes


Si careciéramos de espejos o lagos que nos retornaran nuestras imágenes, muy probablemente los rasgos de nuestras narices, el color de nuestros ojos, el tono de nuestras mejillas o el brillo de nuestros dientes sólo habitarían los espacios de nuestra imaginación. El experimentar la existencia en la manera en que lo hacemos los seres humanos implica a diario profesar bellas e inexplicables contradicciones, dicotomías sin aparentes razones de ser y comportamientos individuales y sociales determinados por azarosas leyes.


A pesar de la unidad de la especie humana, resulta interesante indagar el porqué de nuestras reacciones como hombres y mujeres latinoamericanos con ascendencia africana, muy distintas a la de nuestros congéneres de otras coordenadas del orbe, hacia estímulos como el calor de nuestros trópicos, la música de percusión, el contacto interpersonal cálido y espontáneo o hacia estímulos como los de nuestros mares y montañas eternamente infinitos que nos contagian sentimientos de libertad y al mismo tiempo arraigo familiar y una ciega convicción en nuestras creencias.

Estos actos y otros aparentemente irrelevantes como el bailar, el vestir de acuerdo a patrones establecidos por la sociedad en que nos desenvolvemos, nuestros hábitos alimenticios, nuestra forma de desplazarnos en nuestros hábitats, nuestra manera de aprender, nuestro humor, ... nuestra manera de amar, todos y cada uno de nuestros actos de vida están enmarcados en patrones de vida relativos que algunos estudiosos han abstraído y denominado paradigmas.


Gracias a los paradigmas los seres humanos hacemos viable la convivencia a niveles de masa. El solo hecho de compartir un paradigma universal (el lenguaje) o un paradigma de comportamiento social (la idiosincrasia) nos permiten la interacción con nuestros congéneres. El acceder a códigos globales como las matemáticas, a medios universales como las autopistas de comunicación global, por mencionar sólo unos pocos ejemplos, nos encausan a la transmisión y aprehensión del conocimiento y nos permiten convertir la dicotomía individuo-sociedad en una simbiosis.

Como todos los actos humanos estos sistemas axiomáticos, a pesar de representar una condición abstracta de la naturaleza, toman de ella su principal alimento: la vida. Al igual que los organismos los paradigmas nacen, crecen, se esparcen y finalmente dan vida, a partir de sus contradicciones, a nuevos paradigmas. Esto lo percibimos claramente en el desarrollo cada vez más vertiginoso de las ciencias donde la velocidad del cambio hace muy difícil predecir el futuro a largo plazo. Según estadísticas de la World Future Society, el telégrafo demoró 56 años en llegar a 10 millones de familias. El teléfono tardó 38 años. La televisión, 30. La televisión por cable, 20. El computador, 7 y el teléfono celular, 5. El sistema de Internet ha tardado apenas 4 años en cubrir el mismo número de hogares.


No se requiere mucho ejercicio mental para apreciar la importancia de estos inmensos icebergs monolíticos del comportamiento mundial que han convertido a nuestro planeta en una aldea. Es muy posible captar paradigmas universales como el modo de vestir a la usanza occidental, los sistemas económicos, la práctica de la medicina y en los modelos educativos.


Desafortunadamente, por el hecho de revestir la esencia de la naturaleza, donde impera la ley del más fuerte, los paradigmas aseguran su prevalencia partir del poderío de la cuna donde se gestan. Hoy en día somos testigos como los David del campo de la informática luchan en desigualdad de condiciones contra los emporios del poder como el de la Microsoft. La mayoría de las naciones europeas se vieron obligadas a concertar una estrategia de bloque para no sucumbir ante el embate de economías como la de los Estados Unidos o las del bloque asiático. En las artes, los estilos en boga siempre han reflejado el pensar de sociedades económicamente fuertes. Y la educación no es la exepción.


Nuestros modelos educativos mimetizan sus directrices atendiendo paradigmas foráneos que en la mayoría de los casos anulan nuestras virtudes como grupos humanos específicos. Al identificarnos como grupos sociales económicamente eunucos, doblamos nuestra cerviz ante dictadores comoel Banco Mundial quien condiciona su "ayuda" con manuales de instrucciones para que nuestros líderes dirijan nuestro convivir.


Gracias a la presión de los paradigmas externos hemos perdido muchas de nuestras etnias, costumbres y mitos. Hemos cedido sus puestos a enlatados foráneos que el comercio y los medios de comunicación internacionales nos han impuesto.


Nuestros indígenas son obligados a diario a engrosar los anillos de miseria de nuestras sociedades donde su idioma, sus creencias e identidades se extinguen.


El Halloween, Santa Claus, la manera de cortarnos el cabello, los juguetes inspirados en la producción de Hollywood que malean los espíritus de nuestros niños, las bebidas alcohólicas que consumimos, la música que a diario escuchamos o bailamos, los programas televisivos que nos alienan de manera impávida, la chatarra y la pornografía on line disponible ya en nuestros hogares, el cereal que desayunamos, e incluso la manera de besar y copular que asimilamos de las películas extranjeras han desplazado ciertamente a paradigmas propios que en recientes épocas nos mostraban como grupos socialmente auténticos.


Ante este panorama la educación, y en especial quienes intentamos liderarla, debemos accionar las señales de alerta. Emprendamos luchas por gestar y desarrollar paradigmas que nos dignifiquen y nos potencien como grupos sociales auténticos en lugar de continuar con luchas tan carentes de sentido como la lucha por los asientos en el hundimiento del Titanic.


Motivemos, como actores del proceso educativo, el nacimiento y el respeto de nuevas ideas encausando la crítica al decantamiento de las propuestas, enmarcando nuestro quehacer en estrategias dialógicas. Así, seguramente gestaremos paradigmas que nos permitan apreciar virtudes, tan obvias pero desapercibidas como nuestras narices, que nos permitirán ser más felices y libres.


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